La finca alegre

La familia Rodriguez (treinta y seis miembros), esta de merienda-cena, cuando una explosión terrible hace que las tejas del techo salgan disparadas hacia todas partes menos hacia la izquierda. Todos salen de la casa corriendo presas del pavor hacia ese lado intentando salvarse de la lluvia de cascotes. Justo en ese lado un partido político, muy oportuno, expone a través de carteles y a voz en grito sus promesas políticas. ¡Pan para todos!.

Memento mori

La raza humana considera la muerte un estado indeseable que hay que evitar a toda costa. Algo de lo que huye todo el mundo y de lo que nada se quiere saber. Muy pocos lo desean para sí y nunca esta bien considerada para nadie. Tampoco las instituciones sanitarias cuentan con la educación pertinente ni con protocolos de actuación adecuados para enfrentarse al rechazo que supone en pacientes y familiares la noticia de una muerte inminente.

El alumbramiento de un nuevo ser humano, en cambio, es por lo general, un acontecimiento feliz. Los padres suelen mostrarse contentos por la emoción que supone traer al mundo un nuevo bebé de su misma sangre. Cosa que no pocas veces, se celebra con alegres reuniones familiares y pequeñas fiestas. Se trata de una nueva vida en la que los padres centrarán por completo todas las esperanzas e ilusiones que ellos, a su vez, y quizá sus antepasados, han generado en la vida. La fecha de ese nacimiento queda grabada en la mente de los padres, amigos y familiares, y se convierte así, en el día en el que todos los años se conmemora el acontecimiento, siempre de forma feliz, casi obligatoriamente. Un nuevo ser humano en el mundo sobre el que se hace todo tipo de pronósticos venturosos y positivos.

Pocas veces traer un hijo al mundo es causa de desasosiego y desgracia, aún cuando para los padres suponga abrir un camino de extraordinaria desazón. Bien porque nazca con deficiencias o anormalidades, o porque las circunstancias materiales hagan de su alimentación, mantenimiento y desarrollo, algo penoso y difícil.

Sin embargo la muerte es algo que siempre se produce en contra de la voluntad, no sólo del finado, sino contra la voluntad de todas las personas que se relacionan con quien vaya a morir de forma inminente, tanto si lo hace en casa, en instituciones sanitarias o donde quiera que sea. Sea por enfermedad, por vejez o por accidente. Esta claro que nos referimos al modo de vida occidental, es decir, el nuestro. Y mientras la muerte no sea un acontecimiento sobre el que se hable con normalidad a lo largo de la vida, nunca será aceptado con la naturalidad con que debiera. De ahí que las medidas sanitarias paliativas sólo serán tenidas como privilegios hospitalarios del mismo modo que un masaje gratis de cortesía en un Spa.

Ahora bien, el mundo y los seres humanos, sus civilizaciones y culturas, distan mucho de ser homogéneos en ideas, proyectos y modos de vivir; y tampoco las sociedades en las que vivimos lo son. Sólo la sociedad occidental lo es en un buen número de costumbres, valores y aspectos. La razón de que eso sea así se debe a su cohesión ideológica, geopolítica y educativa. Y eso la hace cuasi unívoca; es decir, cierta o equivoca siempre enteramente, cuando toma por norma una determinada conducta. Y así es como lo hace cuando entiende el nacimiento del ser humano y su posterior muerte.

En otras muchas zonas del planeta el modelo occidental sólo es uno más, a veces a imitar, y otras veces rechazable. Es decir, no siempre se celebran nacimientos y bodas ni se llora la muerte.

Si el hombre, en nuestro mundo occidental, dispusiera de un poder divino o suficiente, no nos cabe la menor duda, de que lo prohibiría. Prohibiría la muerte. Tan inadecuada nos parece la actitud general del género humano respecto al hecho de morir.

Y sin embargo vivir y morir son los dos acontecimientos más naturales de nuestra condición física, no sólo del mundo y la vida, sino del mismo universo. En efecto, todo en el universo nace como consecuencia de una muerte y toda muerte se produce como consecuencia de un nacimiento: los astros, los animales y la raza humana.

Nuestra sociedad actual no es consciente de esta incontrovertible verdad. Admite los nacimientos con alborozo pero niega el hecho de morir. No lo considera ni razonable, ni coherente ni natural; aun cuando sabe que, a la postre, nada se puede hacer para evitarlo. Antes bien, el hombre hace de ella, un acontecimiento belicoso; lo toma como una agresión y reacciona con impotencia, con rencor y dolor; pese a que una y otra vez, desde que el homo sapiens camina erguido; la vida y la muerte siempre se ha presentado igual. Como un hecho innegable que da el sentido más genuino e incontestable a nuestra existencia.

Dado el inmenso peso que la sociedad otorga a esa manera equivocada de entender la muerte; las instituciones sanitarias intentan introducir en la sociedad y en el tratamiento hospitalario de enfermos terminales y moribundos, la idea de que el proceso de la muerte no tiene por qué ser doloroso o desprovisto de atención adecuada, (Jaime Sanz-Ortiz, “Es posible gestionar el proceso de morir? Voluntades anticipadas”). Pero creemos que el texto mencionado, aún siendo bien intencionado y señalando medidas parciales que nos parecen diseñadas en el mejor camino, dadas las circunstancias; no deja de ser contraproducente, en tanto y cuanto, el hecho de ofrecer un trato más personalizado a los que agonizan así como aplicarles fármacos para evitarles el dolor, no basta para conseguir que la muerte en sí, sea un hecho voluntaria y adecuadamente aceptado y, por tanto, desprovisto de tragedias artificiosas inútiles.

Si la muerte no se acepta como parte indispensable de la cultura social tampoco se aceptará en el lecho de muerte. Se produzca ésta en el hogar o en un entorno sanitario. Ni se aceptará cuando se produzca de forma dolorosa. O sin dolor físico. Ni tampoco si se produjera en compañía de seres queridos o en la más completa soledad. Sólo cuando la muerte se considere algo natural e inevitable, algo tan asumible como cualquier otro hecho de la naturaleza, sólo entonces, la muerte será el fin de la vida, sin drama alguno más allá del implícito incremento de conciencia para quienes siguen vivos. Y sólo entonces las medidas ambulatorias cumplirán su función y cobrarán su sentido completo porque se aplicarán como una ayuda asumida y solicitada por el propio paciente moribundo, y no como un consuelo estatutario de dudosa autenticidad.

Existen casos aislados, aquí y allá, en los que algunos seres demuestran admirablemente su coherencia humana, cuando sabiendo que son objeto de graves enfermedades y que la vida para ellos tiene fecha temprana de caducidad, lejos de someterse a todo tipo de tratamientos sanitarios para retrasar su muerte, o endulzarla, se apresuran a vivir sus últimos días de la mejor manera que les es posible. Se trata ésta, de una máxima de la generación rock que perdura en algunos casos en nuestros días: “vive deprisa, muérete joven y deja un cadáver bonito”, (si fuese el caso). Todo lo contrario a otras formas conservadoras que intentan por todos los medios evitar la muerte el máximo de años posible, aún cuando seguir vivo ya no merezca la pena a causa del deterioro de la calidad de vida.

No es poca la literatura existente (de ciencia ficción) a través de la cual podemos saber que el hombre en su ansiedad por alcanzar la inmortalidad, se criogeniza, se clona, se hace sustituir las partes enfermas del cuerpo o, incluso se congela con la idea de perpetuarse en el tiempo. Hasta ese punto la gente niega la muerte.

Es cierto que todas las sociedades han hecho del nacer y del morir algo que va más allá de simples acontecimientos naturales y eso, nos tememos, es lo que desvirtúa su verdadero significado, que no es otro que el de aceptar el simple devenir, (vivir y morir), con los medios que el propio cuerpo proporciona y que acaba cuando los tejidos envejecen y mueren, tal como sucede incluso con materiales del reino mineral. Todo acaba transformándose, con el tiempo, en otra cosa distinta de la que fue.

Existen, aún hoy en día, aunque de forma residual y minoritaria, formas de morir perfectamente integradas en la naturaleza o, al menos, desprovistas de la trágica parafernalia a la que la cultura occidental nos tiene acostumbrados. En algunas zonas de la India, (los parsis y otros), cuando se sienten morir, con o sin dolor, se alejan a ciertos lugares de las montañas donde fenecen a la intemperie con objeto de servir de alimento a las aves y otros animales carroñeros. Otros pueblos de Asia y África, tan minoritarios e insignificantes para la cultura occidental que ni siquiera son tenidos en cuenta; dejan morir a sus seres queridos rodeándoles de su compañía y consuelo, pero sin aplicar medicinas paliativas de ningún tipo, sin que por eso dejen de lograr que el trance de la muerte se convierta en algo gozoso y asumible de modo natural.

Pero la sociedad occidental está muy alejada de formas y prácticas de morir ligadas con una muerte aceptada. En efecto, el hombre “tecnológicus”, no deja de inventar medios y maneras, todas ellas, que aunque modernas, bien diseñadas y mejor intencionadas, no dejan de provocar cada vez peores consecuencias, pues seguir los postulados de la modernidad, sea sanitaria o de otra naturaleza, no es un buen camino tal como se pone de manifiesto cada día.

Se nos antoja como buen ejemplo en este punto, el del tráfico en las grandes ciudades actuales. Es un hecho que los ciudadanos se muestran satisfechos con poseer un vehículo cada uno, pero al mismo tiempo que gozan de él, convierten las ciudades en intransitables o llenas de todo tipo de medidas coercitivas que, a la postre, no hacen sino perjudicar la pretensión de una vida ciudadana más cómoda.

Así pues, mientras que hospitales e instituciones sanitarias intenten mejorar y alargar la vida del moribundo por mor de una dinámica de cultura occidental que no acepta la muerte de buen grado, crecerá la ansiedad en el sujeto, precisamente por creer que esa hipotética esperanza le pertenece y debe ponerle a salvo de todo riesgo en toda edad y momento.

Paradógicamente, tal presunto o esperable bienestar ante la muerte, hace aumentar la ansiedad en los individuos, abocándoles a la depresión o a la queja por no ver la realidad y la verdadera eficacia de esos medios paliativos transformados en la propia longevidad. Eliminan el dolor, reducen la angustia, mejoran el entorno, pero no logran proporcionar la tranquilidad que sólo un convencimiento anterior y un modo de vida que mire a la muerte de frente, le hubieran podido proporcionar.

No obstante, no estarían completas estas páginas si no introdujéramos en ellas que la estructura social y política tienen una importancia capital en la forma de entender la vida y la muerte. O en la forma de vivir ambos estados físicos.

Eso es así hasta un punto determinante. Por ejemplo, imaginemos lo que significa nacer y morir en la familia de cualquier dinastía monárquica. Tener hijos significa garantizar una herencia real. Morir sin tener hijos significa el fin de un poder monárquico. He ahí la distorsión implícita en los nacimientos y en las muertes. Una distorsión que no sólo se da en las casa reales y poderosas sino en familias normales y corrientes en las que el nacimiento de un hijo representa una vida parental que se justifica en el hijo y cuya muerte representa, entre otras cosas, la pérdida del deseo de seguir viviendo. Por eso no se acepta la muerte. Aceptando la muerte de un ser querido nos disponemos a quedar sin justificación para continuar la nuestra. De ahí que esa sea otra razón para que rechacemos tal estado de la naturaleza.

El moribundo es un ser egoísta, por lo general; más aún si como en el caso que se expone en: “Antropología de la muerte: entre lo intercultural y lo universal” de Rosa García Orellán, el sujeto dice creer en Dios, pues independientemente de creer en él, no querrá morir con dolor, y el hecho de proporcionar a estas personas medicamentos paliativos facilitará la transición de la persona al otro mundo. Eso es lo que realmente le importa al moribundo. Morir sin dolor facilita seguir creyendo en Dios. Lo que no es más que una fe descaradamente interesada.

Que los pacientes mueran en paz,- tal como se dice en el trabajo de Joaquín Tomás- Sábado,(Variables Relacionadas con la ansiedad ante la muerte), no es cosa de médicos sino del espíritu cultural del enfermo.

Conclusión:

  • La sociedad occidental vive de espaldas a la muerte
  • Un tratamiento hospitalario más personalizado y humano al paciente moribundo puede hacer el tránsito a la muerte menos dramático, pero no resuelve el inconveniente que representa haber vivido toda la vida negándola. (Tanto el moribundo como el propio médico)
  • El personal médico ha de considerar su papel ante el moribundo como el de un amigo que sabe escucharle y comprenderle. Pero siempre será tarde para enseñarle a morir.
  • Los médicos deberían ser los primeros en aceptar la muerte con toda profesionalidad y humanidad. Del mismo modo que un carpintero trabaja en su oficio con perfecto dominio de las herramientas de su taller.

La muerte de Iván Illich

La novela de León Tolstoi, “La muerte de Iván Illich” muestra que la vida en sí misma no es fácil. Ni siquiera para alguien a quien le va bien en ella. Cabría afirmar después de leer este magnífico libro, que “la vida es como es”, una afirmación de Perogrullo pero que, independientemente de toda voluntad, intención o de toda circunstancia, vivirla conlleva en todo ser humano la angustia inherente de vivir.

Iván Illich, el protagonista de la novela, es un funcionario judicial ruso que tiene un salario con el que puede llevar una vida decorosa y sin privaciones. Ha sido un niño feliz, y también lo ha sido de joven; pero de adulto, ya en su edad madura, agobiado por la desesperación que le produce el dolor de su enfermedad, cualquiera que sea,-pues el autor no nos revela su naturaleza-, recuerda esas épocas pasadas con alegría y sosiego; pero no se permite así mismo refugiarse en esos recuerdos porque la realidad del día a día se impone a cualquier refugio psicológico, de la razón íntima o de los recuerdos; y la verdad, la verdad de Iván Illich, es la de un ser que ante el temor de su muerte inminente, se pregunta, casi abruptamente, si su vida ha sido una buena vida, una vida moralmente digna. Teme haber tenido una vida inapropiada, desperdiciada. Y un matrimonio que tal vez nunca debió tener lugar, y unos hijos que nunca debió tener. Y esa duda le va angustiando en la misma medida en que su enigmática enfermedad le va aproximando a la muerte.

No sabemos si se trata de un proceso humano que tiene lugar en la mayoría de la gente común y corriente, tal como el autor asegura que es la vida de su protagonista. Es posible que exagere. Los propios amigos de Iván Illich, después de asistir a su funeral se reúnen en la casa de Fyodor Vasilyevich

  • “Me pasaré por casa de Fyodor Vasilyevich. Y Pyotr Ivánovich fue allá y, en efecto, los halló a punto de terminar la primera mano; y así, pues, no hubo inconveniente en que entrase en la partida.”


a jugar una partida y pronto olvidan que el amigo ya no está. O quizá no hay exageración alguna, ya que a pesar de la ligereza con que la gente toma su vida, cuando llega un momento extremo o crítico, suelen ponerse a pensar. A pensar cuando ya no sirve de nada. Cuando no saben cómo se piensa ni para lo que sirve pensar, esto es, reflexionar.

Iván Illich se casa con una mujer de su mismo nivel social. Era hermosa e inteligente y a sus amigos les pareció bien. Fue feliz durante los primeros tiempos con su mujer, luego tuvo unos hijos con la que al principio, como pasa en todas las familias, fue aceptablemente feliz. También, y pese a serlo, sufre desgracias importantes como lo fue perder a dos hijos y no estuvo exento de cierta zozobra profesional. Y también, como suele suceder en la vida real, al cabo de ciertos años, esa misma vida matrimonial se convierte en una rutina desagradable y pesada cuando no abiertamente indeseada y odiosa.

Su mujer se ha convertido en un ser aborrecible a sus ojos: detesta el mal olor de su boca, su mirada falsa, sus palabras embusteras, su interés mal disimulado, la figura física que el paso de los años ha ido afeando. Tampoco sus hijos, ya mayores, le proporcionan satisfacción más allá de verles callados y lejos de su vista.

A pesar de ésta normalidad en la vida de todo ser humano, se necesita una explicación adicional (que hay buscar fuera del texto) para no equivocarnos en las ideas que podamos extraer de la lectura de la novela, porque no todas las personas de la vida real se preguntan ese tipo de cosas profundas cuando se hallan en trances críticos, como León Tolstoi muestra a Iván Illich en su estado de salud y a su familia y, por tanto, no todas se plantean lo que el protagonista, es decir, si la vida que llevan y han llevado es la que les corresponde, es la más digna a sus personales pretensiones, o si por el contrario, han sido algo tan alejado a lo que debería que no pueden impedir que la angustia vital les ahogue. Es más, por lo general, nadie, una vez alcanzado cierto número de años, hace el menor repaso o reflexión de su vida pasada, y aún menos, un balance de su trayectoria vital. El temor, la vergüenza, la certidumbre de haberlo hecho mal, lo impide y se suele reforzar incluso lo que saben que han hecho mal para enrocarse en su equivocada vida real.

O dicho de otro modo, una cosa es lo que las personas muestran de sí, aparente y superficialmente, y otra cosa, lo que son en realidad, lo que les identifica realmente, y que pocas veces y sólo excepcionalmente, muestran de grado, o en la mayoría de los casos, en situaciones extremas. Aún así, no todas ni en todos los casos, porque también hay personas (la casi totalidad de la raza humana), que son tan simples y planas como una línea pintada en un papel, o más. Aún así, la hipótesis sufriente que León Tolstoi plantea en su personaje sigue siendo posible y real.

El mérito de ésta magnífica novela es que su autor logra presentar a un ser de personalidad normal y común, y convertirlo en una persona de pensamientos profundos y complejos, y por tanto, impropios de tales personas, tal como muestra la realidad social de cada día. Excepto, y he ahí la cuestión, cuando se encuentran bajo la presión de una enfermedad grave o una situación extrema o crítica.

El autor se sirve del funcionario judicial Iván Illich para decir que, en efecto, vivir no es fácil; la convivencia con amigos, compañeros y con la propia familia, mujer e hijos, no es fácil. Pero es necesario establecer, antes que nada, que el autor nos muestra a un ser peculiar haciéndonos creer que es una persona común y corriente. O quizá haya que decir que nunca ha sido tan corriente o que siempre ha sido común. O se es corriente cuando todo va más o menos bien y se sufre una transformación profunda cuando todo va mal. En efecto, a poco que nos mostremos críticos con lo que se nos cuenta en la novela, sabemos que a pesar de las normales y rutinarias costumbres del protagonista, a pesar de un matrimonio aparentemente normal y a pesar de un contexto familiar igualmente normal, él, Iván Illich, se plantea interiormente cosas que no son en absoluto comunes ni forman parte del pensamiento ordinario de sus contemporáneos. O sólo lo son superficialmente y en sus partes más reconocibles.

Esto, que nos parece el asunto central de la novela, se refleja con toda su complejidad en la segunda parte. Parte en la que la enfermedad de Iván Illich, (proveniente de un accidental golpe doméstico cuando arreglaba unas cortinas de su casa), le va convirtiendo de hecho en la voz de su propia conciencia y no encuentra a nadie que responda a las preguntas urgentes que brotan de su conciencia maltratada de modo que termina clamando a su propia alma. Y nosotros nos preguntamos aquí, ¿hay alguien que en éste mundo moderno y confuso en que vivimos, tenga alma, lo sepa, hable con ella y le pida explicaciones?. Evidentemente no. Esta es una verdad irrefutable que muestra, entre otras muchas cosas, la diferencia existente, (salvo excepciones, que las hay sin duda) entre las gentes del siglo XIX y el XXI.

Iván Illich ya no soporta a su mujer, ni a su hija, ni al novio de su hija, ni siquiera a su hijo pequeño. Ninguno de ellos tiene nada que ver con él, con su manera de ver y entender la vida, ni con su padecimiento. Todos le tratan como si no se fuese a morir. A todos les encuentra mentirosos e indignos; muy alejados de lo que siempre había querido ser él mismo y por todo lo que se había tenido hasta ese momento: alguien decoroso; nunca un despreciable mentiroso. Sólo deja de buen grado que se le acerque su criado Gerasim. Porque él no le miente como hacen los demás. Gerasim sabe que esta ayudando a un enfermo moribundo y como a tal le trata, sin mentiras piadosas ni eufemismos. No se empeña en tratarle como a un enfermo que se pondrá bien un día de estos. Por tanto sólo Gerasim es decoroso y le da la ayuda que verdaderamente necesita al tratarle como lo que él sabe que es, un moribundo. Sólo él no le miente. Sólo él es sincero. Sólo él le comprende.

Cabe añadir a lo dicho, y no precisamente como tema menor, que la enfermedad y sólo la enfermedad, es la causa que convierte a Iván Illich en un hombre que hace preguntas abstrusas. Un hombre que se hace preguntas profundas, que habla con su alma y a su alma le pide explicaciones; que, ante la impotencia de sí mismo por encontrarlas, detesta al resto del mundo, a su mujer, a sus hijos, a los médicos, a los amigos. A unos por unas cosas y a otros por otras, cuestionando de ese modo y en su totalidad, su propia vida y el mundo en el que vive.

Hay pues en la novela una crítica a su mundo, una dura crítica a sus diecisiete años de familia; una crítica a su sociedad y a la manera que los rusos tienen de vivir en ella. Y finalmente, una crítica a sí mismo por ser víctima de ese mismo mundo que termina por no comprender.

«Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal», señala el autor, y continúa, le había parecido legítimo únicamente con relación a Cayo, pero de ninguna manera con relación a sí mismo. Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriese, pero «en mi caso -se decía-, en el caso de Vanya, de Iván Ilich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien distinta, y no es posible que tenga que morirme. Eso sería demasiado horrible».

Esas deliberaciones personales son del todo impropias de un ser común, insistimos en ello. E insistimos en nuestra pregunta capital: ¿Es la enfermedad la que transforma a Iván Illich en un ser profundo?. ¿O es que Iván Illich nunca dejó de serlo?. Y aún más, quién de los enfermos graves de hoy en día se formularía interiormente semejantes cuestiones. Mucho nos tememos que ni uno tan sólo de los seis mil millones de personas que caminan erguidos sobre la Tierra.

Pero, ojo, tampoco hay que ajustar tanto las palabras del autor pues una novela es básicamente ficción. Ficción mezclada con realidad, cuyo propósito, (en las buenas novelas) no es si no hacer reflexionar, hacer pensar, poner ante los ojos del lector las cosas que debería tener siempre muy presentes. Descubrir que la vida, la vida en sí misma, no tiene nada que ver con el turismo estúpido y bobalicón de la modernidad.

«Si tuviera que morir como Cayo, habría sabido que así sería; una voz interior me lo habría dicho; pero nada de eso me ha ocurrido. Y tanto yo como mis amigos entendimos que nuestro caso no tenía nada que ver con el de Cayo. ¡Y ahora se presenta esto! -se dijo-. ¡No puede ser! ¡No puede ser, pero es! ¿Cómo es posible? ¿Cómo entenderlo?»

León Tolstoi nos está diciendo que Vladimir Illich ya no pertenece al mundo de Cayo, que pertenece a su mundo, un mundo que es el ruso de los últimos años del siglo XIX, y que tal vez, debería callarse y morir tranquilo de una vez sin preguntarse nada. Tal como sucede desde el primer cuarto del siglo XX hasta nuestros días. Pero la muerte es la muerte y nadie quiere verle la cara. Y para evitarlo uno se hace las más peregrinas consideraciones. En el siglo XIX y en todos los siglos. El hecho de ser simple o complejo, ¿es o no es un mero adorno?.

En la época en que está situada la vida de Iván Illich, (finales del siglo XIX), no existían adelantos que permitieran a los médicos averiguar lo que realmente ocurría en el cuerpo de los enfermos,- quizá una pleuritis en su caso-, y por eso mismo él desprecia a los médicos y los ridículos jarabes que le prescribían y que no servían de nada. Tampoco el opio ni la morfina porque, aunque le quitaba el dolor por unas horas, también le quitaba tiempo de vida haciéndole dormir. Y por verse abandonado de toda ayuda médica efectiva y de todo trato verdadero, su conciencia se rebelara, se volviese tan exigente.

Por eso mismo, cabe preguntarse, si en un tiempo como el actual en el que hasta el mortífero cáncer esta perdiendo posiciones, hay personas normales y corrientes que se pregunten seriamente por lo que ha sido su vida y su mundo cuando se vean en el trace de morir. Sabiendo que si mueren no es por falta de atención médica, sino por simple ley de vida. Aún cuando las personas corrientes y ordinarias tienden a pensar en la actualidad que la sociedad moderna les debe un bienestar vitalicio sin fecha de caducidad y el correspondiente “derecho” a vivir sin padecer y mucho menos morir.

 

 

Frido Carrascosa

Octubre del año 2014

Alcocebre